ARCHIVO del patrimonio inmaterial de NAVARRA

Estella-Lizarra

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  • Denominación oficial:
    Estella-Lizarra
  • Tipo de localidad:
    Municipio simple
  • Censo:
    13.668 (2016)
  • Extensión:
    15.00 km2
  • Altitud:
    421 m
  • Pamplona (distancia):
    44.00 Km
  • Datos oficiales de la localidad:
    Datos del Ayuntamiento de Estella-Lizarra: Paseo de la Inmaculada, 1. C. P.: 31200, Estella-Lizarra. Tfno.: 948 548200 Fax: 948 548232 Email: alcaldia@estella-lizarra.com Página web: http://www.estella-lizarra.com/es/


Ciudad situada aguas abajo de la confluencia del río Urederra sobre el Ega, allí donde éste abandona su tramo E-O iniciado en la llanura de Santa Cruz de Campezo, y comienza el recorrido N-S en dirección al Ebro. Limita con los municipios de Yerri al N, Villatuerta al E, Aberin al S y Ayegui y Allín al O.
Geomorfológicamente, el término lo forma básicamente un diapiro, el más meridional entre los de Tierra Estella, este ha sido modelado en forma de colinas abarrancadas que se abren al Ega mediante un rente escarpado cuya culminación corresponde a Paña Negra (641 m). El diapiro ha provocado el levantamiento de las calizas lutecienses en la Peña de los Castillos y en San Millán (669 m). El municipio se halla limitado entre las crestas diapíricas de Montejurra (1.045 m) y Monjardín (890 m). Las orillas del río Ega se encuentran jalonadas por dos niveles de terrazas entre Estella y Villatuerta.
 

Clima 

El clima corresponde a la transición entre el mediterráneo-continental de la Depresión del Ebro y el suboceánico de la Burunda. La temperatura media de Enero es de 3,9° C y la de Julio de 20,5° C, siendo la media de las mínimas de 0,1° y la de las máximas de 27,2% las temperaturas extremas son -14,5° y 41°. La precipitación media anual es de 671,8 mm. El régimen pluviométrico es intermedio entre el tipo atlántico vasco y el de la Depresión del Ebro, con dos máximos equinociales y dos mínimos solsticiales (un mes seco, Julio, y otro subseco, Agosto).

Flora

Como consecuencia de su situación entre dos franjas climáticas, el dominio vegetal es el propio de un medio de transición, con el quejical o bosque mixto de robles y encinas. En sustitución del sustrato arbóreo se ha desarrollado el matorral de tomillos, espliegos, etc.
El Ega tiene en Estella, tras recibir al Urederra, 15,16 m/s. El Urederra cuenta por su parte con 7,11 m/seg en Eraul. Es un río caudaloso, cuyo régimen fluvial se encuentra regularizado porque nace en un manantial Kárstico situado en el puerto de Zudaire (Sierra de Urbasa).

HERÁLDICA MUNICIPAL. Trae de gules y una estrella de oro de ocho puntas. En bordura, también de gules, las cadenas de Navarra de oro. Antonio Moya, en su obra "Rasgo Heróico" (1756), manifiesta, equivocadamente, que el color del escudo es azur.

CASA CONSISTORIAL.Fue construida a comienzos del siglo XX en estilo ecléctico. En la fachada principal tiene dos cuerpos con revoco, imitando el ladrillo rojo, que contrasta con los elementos arquitectónicos de color piedra. En el centro, una elevada estructura en la que se integra la portada con arco de medio punto y el balcón con arco rebajado. Actualmente se está concluyendo una importante reforma de todo el edificio, con un presupuesto de 106 millones, financiado en un 77% por el Gobierno de Navarra.
Durante las obras, el Ayuntamiento ha tenido su sede en el Palacio de los Reyes de Navarra.
Tuvo sede anterior en el edificio del actual juzgado, construcción barroca del XVIII. En él celebraba sesiones el Concejo, al menos desde 1280.
El Ayuntamiento está regido por alcalde y quince concejales.

HISTORIA. En su término se locali­zan una serie de asentamientos ar­queológicos en los lugares de Or­daiz, Zarapuz y el Fosal. Entre los hallazgos sueltos destacan un ha­cha pulimentada de la Edad de Bronce y un fragmento de estela fu­neraria de época romana, aprove­chada como material constructivo en uno de los muros de la iglesia de San Pedro de Lizarra. También se tiene noticia de diversos hallazgos de época romana en el término de Merkatondoa.

Se ha datado tradicionalmente el nacimiento de la ciudad en el año 1090. El rey Sancho Ramírez la insti­tuyó expresamente en el término de su villa de Lizarrara o Lizarra como nueva escala y desvío del camino de Santiago que hasta entonces discurría por Zarapuz, señorío de San Juan de la Peña. Así se recuerda en un privile­gio de aquella fecha por el cual dicho monarca compensaba al monasterio aragonés con todos los derechos pa­rroquiales y la décima parte de las exacciones regias en la flamante po­blación. No se conserva, sin embar­go, el acta fundacional del núcleo de vecinos «francos» cuyas pautas de convivencia reprodujeron originaria­mente, como se sabe, las otorgadas poco antes (1076) a la villa de Jaca, convertida así en una ciudad; suponí­an, en especial, la plena propiedad y libre disposición de bienes raíces, am­pliar facultades de cohesión e iniciati­va comunitarias y cautelas jurídicas aptas para generar una activa econo­mía mercantil y dineraria.

Lizarrara, aldea de señorío rea­lengo, había sido centro de uno de los distritos o «tenencias» de la mo­narquía pamplonesa, regido sucesi­vamente por los seniores Simeno Ochoaiz (1024), Fortún López (1031­1040) y Jimeno Garcés (1047-1083). El posterior «tenente», Lope Arnal (1084-1093), consta ya en la docu­mentación a cargo de Stella, Estella, en lugar de Lizarra. Cabría, pues, remontar a 1084 la primera implantación –de hecho y hasta quizá de derecho– de un «burgo» de hombres libres e ingenuos. Entre estos figura­ron tal vez uno de los «francígenas» que seis años después aparece como socio en la construcción de un moli­no en Puente la Reina; a su nombre foráneo, Bernero, añadía ya como sobrenombre el de Estella, sin duda su lugar de arraigo, donde todavía en 1111, el espacio asignado a los recién llegados comprendería los aprovechamientos comunes –Pastos, bosques y aguas– del término de Li­zarra. En todo caso, el recinto habi­tado creció sobre la orilla derecha del Ega, a lo largo de una «rúa» jalonada de «tiendas» y estableci­mientos para atender primordial­mente a los peregrinos.

La incipiente colectividad tuvo ya como centro de convocatoria la ca­pilla u oratorio de San Martín, pero la parroquia matriz se consagró a San Pedro, la misma advocación que la iglesia de Lizarra. El rápido incre­mento del burgo de San Martín propició la temprana erección de las nuevas parroquias de San Nicolás, al oeste, y el Santo Sepulcro, al este, documentadas ya en 1122 y 1123 respectivamente. Devoró además la aljama primitiva, cuya sinagoga fue entregada por el rey García Ramírez (1145) para que el obispo pamplonés instituyera otra parroquia, la de Santa María v Todos los Santos. Los judíos se alojaron desde entonces en las alturas contiguas, al abrigo del castillo, cuya «tenencia» iban a des­empeñar durante el siglo XII mag­nates de reconocido prestigio, como los Azagra y los Lehet. De haberse ejecutado el testamento de Alfonso I el Batallador (1131), inviable por otros conceptos, Estella y su «cas­tro» se hubiesen convertido en un señorío jurisdiccional compartido por Santa María de Pamplona y San Salvador de Leire. Los inconvenien­tes de semejante régimen, como se iba a demostrar en el caso de la ju­risdicción temporal del obispo sobre Pamplona, hubiesen agravado en el plano político ysocial los prolonga­dos conflictos eclesiásticos ocasiona­dos por la afiliación originaria de las parroquias estellesas (San Pedro de la Rúa con San Nicolás, Santo Se­pulcro y luego San Miguel) como un priorato de San Juan de la Peña.

A los negocios relacionados con el flujo de peregrinos debieron de aña­dirse desde un principio lucrativas transacciones con las poblaciones agrícolas circundantes, habitadas por modestas gentes de condición social villana, pero también por una mino­ría infanzona con mayor capacidad de consumo, sin olvidar los establecimientos religiosos, en particular el floreciente monasterio de Irache. Surgió, en consecuencia, un mercado estable al otro lado del río, extramu­ros del burgo fundacional. Se celebra­ba los jueves con habitual concurren­cia de hombres foráneos y gran varie­dad de productos, como acredita, por ejemplo, la confirmación del fuero estellés por Sancho VI el Sabio (1164). Enestas fechas se había des­doblado ya el caserío en un segundo burgo nacido al calor de aquel «mer­cado viejo», su parroquia, consagrada a San Miguel, está documentada ya en 1145. El lugar impresionaba ya muy favorablemente incluso a los transeúntes más cosmopolitas, como el gran abad cluniacense Pedro el Ve­nerable. «Hay en tierras de Hispania, –escribe hacia 1141– un noble y famo­so castillo que, por lo adecuado de su situación y la fertilidad de sus tierras próximas, y por la numerosa pobla­ción que lo habita, en todo lo cual supera a los castillos que lo rodean, estimo que no en vano se llama Este­lla». Coetáneamente, el exigente au­tor de la «Guía» del peregrino, Ay­merico Picaud, encuentra la villa «lle­na de toda felicidad» y ensalza la calidad y la cantidad de sus vinos y co­mestibles.

El desarrollo urbano culminó tras fundar Sancho VI el Sabio (1187) una tercera población en un parral de su propiedad y otras tierras compradas a los propios burgueses de Estella, en­tre San Miguel y Lizarra. Este nuevo «burgo del rey» configuró la parro­quia de San Juan, encomendada al monasterio de Irache (1188). Podríanocuparlo con las ventajas del Fuero vigente gentes de toda condición so­cial y no sólo «francos» de nacimiento. Sus vecinos quedaban, sin embar­go, obligados ahora a abonar a la Co­rona el censo anual de un morabetino por razón del solar ocupado con sus respectivos hogares. El mismo molde jurídico se aplicó al ensanche que promovió igualmente Sancho VI el Sabio (1188) en el «arenal» situado a la entrada de la población de San Mi­guel; la oportuna parroquia se dedicó a San Salvador. Resultaban evidentes las ventajas del Fuero de Jaca para la plasmación de un dinámico centro de vida ciudadana. La versión estellesa adquirió enseguida desarrollo propio y, a diferencia de los textos jacetanos y pamploneses, congeló prácticamen­te su caudal jurídico a partir del cuer­po de preceptos confirmado por San­cho VI el Sabio (1164). El modelo se había trasplantado con éxito a Puente la Reina (1122), Olite (1147) y Mon­real (1149); luego aún se extendería con variada fortuna y diferentes co­yunturas y alcance, a San Sebastián (1180), Tiebas yTorralba (1264), Urroz (1286) y Huarte-Araquil (hacia 1363)-, y tardíamente, a Tafalla yAr­tajona (1423) y Mendigorría (1425).

Al comenzar el siglo XIII había concluido, pues, la vertebración del recinto urbano de Estella, como co­rroboran también los vestigios ar­quitectónicos. La «villa vieja», ciu­dad-camino, escala señera de la peregrinación compostelana, radicaba en el burgo de San Martín con sus cuatro parroquias; andando el tiem­po el caserío periférico conformaría las unidades topográficas llamadas «Sobre San Martín» o «Yuso el Cas­tillo», la primitiva judería, y el «Boro Nuce» o burgo nuevo. La ciu­dad-mercado de San Miguel se ha­bía ampliado hacia oriente, como se ha indicado, con su anejo de San Salvador del Arenal e incorporaba de momento hacia poniente la pri­mitiva villa de Lizarra y su parro­quia de San Pedro. La «población» de San Juan, concebida como pro­metedor receptáculo de los sobran­tes demográficos del extenso contor­no rural estellés, generó lógicamen­te un nuevo mercado.

A las ocho parroquias menciona­das, exponente de un acusado mini­fundismo eclesiástico, fue añadien­do la piedad local una constelación extramural de santuarios y conven­tos. En las alturas que dominaban de cerca el caserío de San Miguel y Lizarra, la iglesia o ermita de la Vir­gen del Puy, documentada ya en 1171, se ha atribuido tradicionalmen­te a los pioneros «francos», oriundos mayoritariamente de Auvernia y el Limousin. En mimetismo análogo, aunque algo posterior, debió de al­zarse el templo de Nuestra Señora de Rocamador. Para consolidar qui­zá su radicación local, pronto discutida, San Juan de la Peña patrocinaría su sucursal de monjas benedicitinas de “Santa María de la Huerta”, cuya existencia está acreditada al menos desde 1268. A instancias pre­suntamente de Teobaldo II habría adoptado poco antes (1266) la regla cisterciense la comunidad femenina de Nuestra Señora de Salas, depen­diente del monasterio de Iranzu has­ta que fue suprimida (1402). Hay constancia en 1245 de un convento de Agustinas de paraje denominado San Lorenzo, junto al cual había en 1290 otro establecimiento masculino de la misma regla, trasladado pronto (1322) al interior del barrio del Are­nal. Acaso antes de mediar el propio siglo XIII se había instalado la pri­mera comunidad de frailes francis­canos sobre el solar de la actual casa consistorial; el convento de clarisas había arraigado ya en 1289. Por ini­ciativa de Teobaldo II (1260) se esta­blecieron los dominicos encima del barrio de San Martín, cerca de la parroquia de Santa María y Todos los Santos. Esta última iglesia, lla­mada ya Santa María «de Yuso el Castillo», fue encomendada por di­cho monarca (1265) a los monjes de Grandmont, que la habían abando­nado a comienzos del siglo siguien­te. Había también por aquellas fe­chas un convento de mercedarios, trasladado después a la fábrica del extinguido monasterio de Salar.

De acuerdo con su carácter funda­cional como escala de peregrinos, en la nueva población proliferaron en­seguida no sólo los albergues u hos­tales de iniciativa privada ylucrati­va, sino también los establecimien­tos asistenciales concejiles y las co­fradías o asociaciones benéficas. A mediados del siglo XII por lo me­nos, funcionaba junto al camino francés y a cierta distancia del recin­to vecinal el hospital de San Lázaro, especializado en la atención de le­prosos yperegrinos enfermos. Se­guía, junto a la entrada del Arenal, el denominado hospital de Estella (1188). A la cofradía de los «Sesen­ta» de Santiago había encomendado el obispo de Pamplona (1174) el cui­dado de la iglesia de Santa María del Puy: sus miembros moraban proba­blemente en el burgo de San Martín, como Remón Rabi, al parecer un acaudalado judío converso. Aún son anteriores las referencias documentales (1123) sobre las cofradías del Santo Sepulcro y de Lizarra. En la siguiente centuria existían los hospi­tales intramurales de San Pedro (1236) y la Navarrería (1266) y una cofradía del hospital de San Juan (1269); databa probablemente de la misma época la cofradía de «abades y legos» del hospital de San Miguel.

Además de semejante pujanza piadosa y caritativa, con un trasunto monumental brillante y generoso, conviene subrayar el relieve adquiri­do paralelamente por la población en la vida política del reino. Lo su­giere meridianamente el excepcional palacio regio, cuyo famoso capi­tel de Roldán y Ferragut trasciende la anécdota yevoca una atmósfera mental de dimensiones continenta­les. Edificada hacia finales del siglo XII en el corazón del primitivo bur­go, casi enfrente del oratorio conce­jil de San Martín, aquella mansión alojó con frecuencia a Teobaldo I y la eligieron sede predilecta Teobaldo II y Enrique I; este último mo­narca perdió precisamente a su úni­co hijo varón, el niño Teobaldo, en una desdichada caída desde el roquedo del castillo estellés. En los albores de la reordenación jurisdic­cional de la monarquía, todavía bajo Sancho VII el Fuerte, se situó en Estella, aparte de Pamplona, la primera audiencia de “alcaldes de mercado”, jueces de competen­cias territoriales, ybajo Teobaldo I se convirtió en cabeza de una de las merindades, los nuevos distritos cre­ados entonces para el mejor gobier­no de los derechos regios. Tras la pérdida de Álava (1200) había ad­quirido altas funciones militares co­mo bastión neurálgico de un tramo considerable de las fronteras con Castilla; antes de acabar el siglo XI-XII se extendía sobre la «Peña de los Castillos» el definitivo dispositivo castral de Zalatambor, la Atalaya y Belmecher, este último un baluarte edificado o rehecho tal vez por el gobernador Eustaquio de Beaumar­chais (1275-1277), cuyo nombre pa­rece rememorar. Los antiguos servi­cios del «tenente» en cuanto responsable de la fortaleza, habían recaído ya en un alcaide.

Estación de primera categoría en la ruta de Santiago, singular concen­tración de instituciones religiosas, capital mercantil, política y militar de una extensa periferia, Estella vi­vió su apogeo ciudadano durante el siglo XIII. Se ha calculado que su complejo recinto murado cobijaba hacia 1264 un total de 1.128 familias por lo menos, óptimo demográfico hasta el siglo XIX.

San Martín era todavía el barrio más habitado, con un 40% de los pobladores; seguían S. Juan, con el 18%, y San Miguel, con el 14%; el 10% restante correspondía a la prós­pera judería. El término rural coin­cidiría originariamente con el de Lizarra; el de la vecina villa de Zara­puz, que en 1330 contaba con 24 familias pecheras, estaba adscrita al valle de La Solana. La creciente de­manda de productos agrícolas puso muy pronto en evidencia la penuria de tierras de cultivo. A comienzos del siglo XII se advierte ya una co­rriente de inversiones en bienes raí­ces por los confines más feraces de los términos contiguos. Vecinos «francos» compran o toman a censo viñas y campos en Belin y Ayegui, propiedad de la abadía de Irache; pagan en moneda de plata u oro y no raras veces en especie, como lienzo, pimienta o incluso incienso. Hacia el este más de un centenar de estelleses, en gran parte mercaderes y artesanos (peleteros, tejedores, zapateros, molineros, incluso un monedero) se fueron posesionando, probablemente en compras irregula­res o por simple roturación de espacios yermos, de una masa considerable de heredades legalmente “pecheras” en los términos de Murillo de Yerri y Villatuerta y los parajes de Sarrea y Noeleta (Noveleta); Teobaldo I sancionó los hechos consumados (1248) y declaró la franquicia de tales heredades a cambio de una indemnización global de 12.000 suel­dos. Esta presión colonizadora con­dujo quizá a la inscripción de Nove­leta en el término de Estella, según permite conjeturas una sentencia de los «alcaldes de fuerzas» designados por Teobaldo II. El cúmulo de in­versiones denota una ingente expan­sión económica en el lapso de poco más de tres generaciones. Las inicia­les atenciones de hospedaje y menu­da oferta artesana habían repercuti­do inmediatamente en periferia más cercana animando el drenaje de ali­mentos y primeras materias y, como contrapartida, la demanda campesi­na de utillaje y modestas manufactu­ras. Pero este tráfico de corto alcan­ce no explica la cuantiosa multiplica­ción de rendimientos y capital. Las relaciones de negocio se extendie­ron sin duda pronto a largas distancias. Como muestran la compilación foral de 1164 y otros documentos menores, el comercio se había diver­sificado y enriquecido; incluía, por ejemplo, sedas y paños de alta calidad, pieles y cueros selectos, valio­sas piezas de orfebrería, especias y perfumes exóticos. Todo ello supo­ne además una progresiva especiali­zación de la artesanía local y un cre­ciente volumen de las operaciones de crédito y cambio de moneda. La plenitud demográfica que revela el despliegue de la nueva población de San Juan, agudizó las actividades mercantiles y la competencia. Los burgueses de San Martín y San Mi­guel compraron a Teobaldo I por 30.000 sueldos el monopolio de to­das las transacciones (1236), pero el propio monarca debió rectificar ante su «cort general» (1245) y restituyó a los de San Juan su pujante «merca­do nuevo». Es posible que entonces estuviera ya en vigor el privilegio concejil –confirmado sucesivamente en 1296, 1366 y 1379– por virtud del cual quedaba para provecho público una mano llena de grano de todas las medidas o sacas vendidas en mercado viejo salvo los jueves; las palmadas de este día las concedería después Carlos II para el culto de San Andrés, futuro patrón de la ciu­dad (1626). Parece, pues, que en el mercado viejo se ventilaban prefe­rentemente las transacciones de la órbita campesina. Hay, por otro la­do, pruebas explícitas del desarrollo adquirido por las operaciones de mayor entidad.

Alfonso VIII de Castilla concedió libertad de comercio en todos sus dominios (1205) a los mercaderes de Estella. Las mismas ventajas les dis­pensó en Aragón el rey Jaime I (1294) en la delicada minoridad de Teobaldo II. Precisamente en esta misma coyuntura lograron los estelleses que los «alcaldes de fuerzas» los eximieran de la «mala tolta», re­cargo impuesto por Sancho VII el Fuerte sobre las tasas de peaje abo­nadas en Lecumberri y Maya, es de­cir en las rutas de comercio con San Sebastián yBayona. Cesaron tam­bién entonces las restricciones apli­cadas por Teobaldo I en el cambio de moneda. Este monarca había otorgado, sin embargo, a los mismos burgueses de Estella (1251) una feria anual de una quincena a partir del decimoquinto día después de la fies­ta de San Miguel; se ubicó probable­mente en los aledaños de la pobla­ción de San Juan.

No obstante la sucesiva yuxtaposi­ción de barrios con recia personali­dad propia, parece que siempre hu­bo un solo concejo; su estructura, latente en el fuero jacetano, se pone de manifiesto en la recopilación de preceptos aprobada por Sancho VI el Sabio. Este texto fue retocado en una versión oficiosa que se preparó en tiempos de Teobaldo I con ob­jeto principalmente de normalizar y actualizar el léxico institucional. La conurbación estellesa formaba un ámbito jurisdiccional exento, con su propio derecho, emanado del nú­cleo foral de origen y acrecentado por la costumbre y las sentencias del alcalde o juez local. Como colegio representativo permanente de la co­munidad o concejo constan ya en 1164 doce «buenos vecinos» que en el siglo XIII habían recibido la de­nominación definitiva de «jurados», renovados anualmente; debió de ar­bitrarse pronto un sistema equitati­vo de elección por burgos o barrios y en este sentido cabe interpretar el diploma de protección dispensado por Enrique I (1274) a San Salvador del Arenal. Teobaldo II no había ­pretendido sino corroborar la unidad tradicional del concejo recordando a los estelleses (1266) que de­bían ser «todos unos», a diferencia de los pamploneses cuya pluralidad de concejos provocó tantas discor­dias.

El concejo,   consiilun ville, tenía competencia —ya en1164— para dic­tar libremente «cotos» u ordenanzas sobre los asuntos privativos de la comunidad, por ejemplo los aprovi­sionamientos de pan, carne,pesca­do. Se conserva en efecto desde 1280 una serie de ordenanzas que ilustran interesantes aspectos de la vida coti­diana. En ellas figura desde un prin­cipio la «cuarentena», asamblea ve­cinal restringida de «consejeros» que cooperan con los jurados en las tareas normativas.
El señor de la villa, senior ville, se identifica sin duda en 1164 con el «tenente» que, como se ha indicado, regía la población ysu distrito en nombre del rey; sus funciones mili­tares pasaron en el siglo XIII al al­caide, las judiciales al alcalde mayor y las demás competencias al merino en cuanto rector del nuevo tipo de demarcación o merindad. El delega­do inmediato del soberano ante el concejo fue siempre el prepositus o preboste, depositario del sigillum regis indicador de sus facultades coer­citivas. Desempeñaba tareas policia­les, incoaba los procesos penales, ejecutaba las sentencias del alcalde, se encargaba de la cárcel, disponía las formalidades de la «batalla» o duelo judicial. La redacción foral de 1164, de vocabulario todavía fluido, designa indistintamente a este ma­gistrado local como baiulus o baile, merino o justicia; desde el siglo XIII prevalece el título de prepositus o preboste, utilizado por otra parte en los textos documentales al menos desde 1120. No debe confundirse con el «sayón», subalterno suyo, ni menos con el «baile» que, desde me­diados del siglo XIII, asumía dentro de la villa las competencias fiscales que, según se ha dicho, correspon­dieron en adelante al merino para el conjunto de su merindad.

El concejo estellés tuvo represen­tación en la «Cort General» en cuanto empezaron a participar en ella los «hombres de rúa», mandata­rios de las «buenas villas», por lo menos desde 1245. Intervino luego, de modo destacado, en las uniones, juntas o hermandades a través de las cuales compareció la burguesía na­varra en los azares políticos de la minoridad de Teobaldo II, la suce­sión de Enrique I yel conflictivo gobierno de los monarcas Capetos.

Las crisis institucionales, la zozo­bra social y el marasmo económico se iban a cebar con crudeza en la floreciente población estellesa. Fal­ta información expresa sobre el pro­ceso de fusión entre la descendencia de los «francos», fundadores de San Martín y San Miguel, y los sucesivos aluviones de pobladores oriundos del contorno navarro. Según el fuero, la admisión de vecinos requería la conformidad del rey y de «todos los estelleses»; en el siglo XIII era suficiente la venia del alcalde, el preboste ylos jurados, como ratificó Teobaldo II (1269). En las nuevas poblaciones de San Juan (1187) y San Salvador del Arenal (1188) se equiparó con los francos a los cléri­gos y navarros que desearan avecin­darse; quedaba en claro que estos «navarros» o villanos seguían obli­gados a abonar su pecha al dueño de las heredades que conservaran en los lugares de procedencia. Es posi­ble que la memoria de este estigma hereditario provocara todavía al ca­bo de algunas generaciones sucesos esporádicos de vejación formal. Pe­ro llaman, sobre todo, la atención los testimonios fehacientes del dina­mismo y mayor crecimiento relativo de la población de San Juan, diseña­da para el encuentro de los dos sec­tores –el franco y el «navarro» o villano– que, acantonados así en un mismo marco físico, jurídico yeco­nómico, liberaron las iniciativas y energías derivadas de un estrecho y fecundo mestizaje. Cuesta, por tan­to, admitir que se perpetuasen las animosidades étnicas y, lingüísticas en el seno de una solidaridad conce­jil, heterogénea pero compacta y, por otra parte, económicamente tri­butaria de la oferta y la demanda de sus anchas orillas campesinas.

Es cierto que, a comienzos del siglo XIV, se habían desatado graves enconos vecinales, con «muchos ma­les, daños y escándalos, muertes y otros muchos peligros». Fue preciso acordar la expeditiva ordenanza de que «quien mate que muera», sancionada por el gobernador Engue­rrand de Villiers (1310), renovada por sus inmediatos sucesores y, lue­go, por el propio rey Carlos II, quien todavía lamentaba las fre­cuentes “peleas, heridas y muertes”. Las tensiones políticas del reino, la depresión económica general, y la consiguiente porfía de los intereses locales habían conducido probablemente a una escisión endémica entre las fuerzas vivas del concejo. No debe olvidarse, por lo demás, siquiera como factor secundario de perturbación, el lastre de la discriminación fiscal impuesta originariamente a los pobladores de San Juan y el Arenal, cuyos censos sumaban en 1280, por ejemplo, 2180 sueldos. Parece que algunas antiguas cofradías piadosas habían articulado la pugna entre las facciones de vecinos acomodados, en perjuicio del “pueblo menudo”; así justificaron los inquisidores del reino el decreto de supresión de las añejas cofradías de los “Sesenta” y Santa María del Puy (1323), reacias a fundirse en una sola. El año anterior el homicidio de un vástago de la familia Pelegrín por un miembro del linaje Ponz había causado “una muy grande tribulación”, con riesgo “de perderse los unos con los otros”. Este clima explica en parte la violencia que revistió en Estella (6 marzo 1328) el golpe de mano contra las aljamas judías de Navarra, atizado por las prédicas de fray Pedro de 0llogoyen, franciscano del conven­to estellés precisamente, durante el vacío de autoridad abierto por el fa­llecimiento del rey Carlos I el Calvo. El concejo fue condenado a pagar 10.000 de las 22.920 libras que Feli­pe III de Evreux impuso (1331) co­mo multa a los responsables de to­dos los estragos. La boyante aljama estellesa venía aportando a la Coro­na un tributo anual de 1.100 libras, equivalente a un 27,5% de cuanto se liquidaba en todo el reino por el mismo concepto. Aunque no des­apareció aquella industriosa mino­ría, su declive fue notorio al menos a corto plazo; en 1345 abonaba sola­mente 500 libras, yde los 85 hogares Judíos registrados en 1366 la cuarta parte era oficialmente pobre, «no pudientes». Parece, pues, que la su­puesta «matanza» de 1328 debe en­tenderse más bien en términos eco­nómicos.

Se desconoce la sangría causada en Estella por las pestes de 1348 y 1362. La población cristiana había descendido en 1366 a 745 fuegos, en una proporción quizá bastante me­nor que el resto de la merindad; la pobreza afecta a un 20% del vecin­dario y afectaba principalmente a la parroquia de San Miguel. La de San Juan era ya la más próspera y con su anejo de Lizarra acogía el 35%, de los hogares, mientras que San Pedro (San Martín), antaño la más populo­sa, sólo alcanzaba un 20%; casi se habían invertido las proporciones en el transcurso de un siglo. La plaza resistió gallardamente en la guerra con Castilla (1378), pero su econo­mía sufrió un nuevo y grave que­branto. Razones militares habían aconsejado poco antes (1370) la de­molición de la parroquia de San Sal­vador del Arenal y el traslado intra­muros del convento de Agustinos. Carlos II liberó sintomáticamente a los mercaderes estelleses de todas las tasas de peajes, lezdas, pontajes, pesos, barrajes y barcajes del reino (1379), y su sucesor obligó a los clé­rigos a abonar los mismos impuestos concejiles que los demás vecinos (1396).

Persistía, sin embargo, la pobreza cuando Carlos III la atribuyó curio­samente a «las excesivas galas de las dueñas y otras mujeres», a las cuales prohibió ostentar joyas de oro, plata y piedras preciosas, así como pieles de gran valor (1405); el testimonio, aparentemente anecdótico, revela quizá el comportamiento de familias venidas a menos que retienen a toda costa y exhiben con orgullo los lujos de sus afortunados mayores.

El mismo monarca estimuló, en cambio, el oficio de los plateros au­torizándoles a marcar libremente sus piezas (1414). La vida ciudadana seguía alterada por la enemistad de las facciones adictas a los Ponces o los Learza, que se disputaban los cargos municipales, como se deduce de las ordenanzas acordadas por el propio Carlos III (1407) para la elec­ción de alcalde, jurados y preboste. El concejo reglamentó a su vez la entrada de vino y pescado y prohi­bió el juego (1415 y 1417). A las nue­vas hostilidades con Castilla (1429­-1430) y, sobre todo, la guerra civil encendida a mediados de siglo, se añadieron poco después otro asedio castellano (1463) y una descomunal riada del Ega que arrasó casi la mi­tad del caserío (1475). Los reyes Blanca y Juan II habían concedido a la villa (1436) dos ferias anuales de quince días, una a partir de la prime­ra decena después de Pascua de Re­surrección y la otra desde la fiesta de San Martín del 11 de noviembre; además la habían declarado exenta del tributo sobre la renta en las tri­perías. Por su fidelidad a la causa agramontesa, Juan II condonó los antiguos censos sobre ciertas casas –seguramente las de San Juan y el Arenal–, así como los derechos re­gios sobre molinos y otras heredades (1456). Por su negativa y tenaz resis­tencia a la anexión de la plaza al reino de Castilla, convenida en la sentencia de Bayona (1463), la prin­cesa Leonor liberó para siempre a los estelleses de toda alcabala sobre la venta de pan y grano (1465); y al suprimir también cualquier tipo de exacción fiscal en el mercado sema­nal de la plaza de San Juan, volvió a evocar con énfasis las destrucciones y gran despoblación de la villa (1467); las inundaciones justificaron luego una desgravación de la mitad de los cuarteles durante una década (1475). Estella se aproximaba, pues, a la época moderna abrumada por las calamidades, sembrada de rui­nas, medio vacía de gentes. La recu­peración demográfica estaba, sin embargo, en marcha cuando Fer­nando el Católico trató de activarla cifrando en 640 libras anuales la cuota máxima de los conceptos tributarios de alcabala y cuarteles (1514); y buscando sin duda un creci­miento equilibrado de los diferentes barrios, dispuso el mismo año que las dos ferias, que tenían su sede en la parroquia de San Juan, se cele­braran también por rotación en las de San Pedro y San Miguel. Entre las medidas de saneamiento econó­mico adoptadas por el propio conce­jo, cabe señalar las referentes a la salvaguarda del término municipal (1480, 1505, 1510) yla protección a las viñas yplantaciones de frutales. Razones de austeridad pública debieron de mover, por su parte, a la jerarquía eclesiástica en la supresión de nueve de las doce fiestas de san­tos que la ciudad venía observando por voto oficial (1489). El concejo, aludido ya hacia 1524 con la denominación castellana de «regimiento», había alterado levemente su estruc­tura. El número de jurados se había reducido a seis, pero con ellos actua­ban otros tantos «voces», dos por cada uno de los tradicionales ba­rrios; los reyes Catalina y Juan III establecieron su procedimiento de elección (1501). Tres décadas des­pués tales «voces» recibían ya el nombre de «regidores». Los procu­radores del concejo estellés siempre habían tenido asiento preferente, detrás de los de Pamplona, en el brazo de las «Universidades» de los Estados o Cortes del reino. Estas se habían convocado frecuentemente en Estella durante la Edad Media y todavía se celebraron allí en siete de las 74 sesiones de los siglos moder­nos. Carlos III había dispuesto (1390) que en el alzamiento de mo­narca el alcalde estellés o su delega­do sujetara el escudo por la misma anilla que el de Pamplona. Con to­do, sólo en 1483 obtuvo oficialmente la villa el rango de ciudad, que Tu­dela lucía desde 1390. Es probable, como ya se ha insinuado, que conti­nuara casi hasta finales del siglo XV la regresión demográfica tan cruda­mente acusada en 1427-1428, cuando el número de hogares apenas sobre­pasaba la mitad de los existentes seis décadas antes. Se desconoce la inci­dencia de la expulsión de los judíos (1498), aunque por el importe de la pecha global, 380 libras en 1470, ca­bría estimar en torno a cuarenta el número de familias del gueto. En la primera mitad del siglo XVI se produjo un fuerte ascenso de la población, hasta los 881 fuegos censados en 1553 y algunos más que en 1366, pero bastantes menos que en 1264, como ya se ha hecho notar. Iba a seguir durante tres centurias una congelación del vecindario, acorde con la inmovilidad del radio mercan­til yel estancamiento de la produc­ción artesana.

Durante los siglos XVI y XVII se fue consolidando el sistema de go­bierno municipal: el Regimiento de la ciudad se elegía anualmente, por insaculación, según un sistema de representación en el que participa­ban por igual los vecinos de las pa­rroquias de San Pedro, San Miguel y San Juan. La corporación estaba formada por el alcalde, seis jurados y seis regidores. Ocasionalmente, en el siglo XVI, los vecinos se convoca­ban agrupados por quiñones, según un procedimiento de consulta ya contemplado en las Ordenanzas Municipales de 1280. La organiza­ción del Regimiento se regulaba me­diante las Ordenanzas de 1520, que sustituían a las concedidas en 1407. Más adelante, en 1535, 1621, 1645 y 1670 se introdujeron novedades en la organización, composición y fun­cionamiento del municipio.

La ciudad mantuvo un Estudio de Gramática al que acudían los jóve­nes de la comarca; su actividad se prolongó hasta finales del siglo XVI‑XVII. La imprenta se instaló en fechas tempranas por iniciativa de Miguel de Eguía que, juntamente con Adrián de Amberes, imprimió en Estella entre 1546 y 1567 un total de 32 obras. En 1524 el Regimiento, a instancias del Virrey, acordó erigir un Hospital General en el que se integraron los seis pequeños hospi­tales que en aquel tiempo funciona­ban independientemente, sufraga­dos por parroquias y cofradías. Du­rante la Guerra de la Independen­cia, en junio de 1808, se constituye­ron algunas de las primeras compa­ñías armadas contra el invasor fran­cés, levantadas primero por Anto­nio Pérez, y más tarde por Andrés de Eguaguirre. A partir de 1809 la ciudad recibió destacamentos fran­ceses; las partidas de Javier Mina y Francisco Espoz y Mina hostigaron a las tropas napoleónicas y ocuparon esporádicamente la ciudad, que en 1813 pasó definitivamente bajo con­trol español.

Durante el trienio constitucional Estella vivió la agitación realista y en octubre de 1822 Guergué tomó la ciudad para la causa del realismo.

Durante la primera guerra carlis­ta el 14 de noviembre de 1833, en el paseo de los Llanos, Zumalacárre­gui fue nombrado comandante ge­neral de las tropas de Don Carlos. Desde 1835 la ciudad permaneció bajo control carlista hasta el 20 de setiembre de 1839, cuando fue toma­da por los liberales, coincidiendo con el final de la contienda.

Durante la tercera guerra carlis­ta, tras una semana de asedio al fuerte de San Francisco, en el que se habían refugiado unos 300 liberales mandados por el teniente coronel Francisco Sanz, Estella fue tomada por los carlistas el 24 de agosto de 1873, que la ocuparon ininterrumpi­damente hasta el final de la guerra. El 18 de febrero de 1876 las tropas liberales tomaron la cima de Monte­jurra y al día siguiente entraron en la ciudad conducidos por Fernando Primo de Rivera, que por esta ac­ción fue recompensado con el título de Marqués de Estella.

En las dos primeras décadas del siglo XX la ciudad experimentó cambios sustanciales en su plano ur­bano, prácticamente invariable des­de el siglo XVI. Se derribaron las murallas entre 1905 y 1906; en 1907 se elaboró el plan de expansión ha­cia Los Llanos y, como consecuen­cia, se definieron los nuevos ejes de circulación del Paseo de la Inmaculada y de la calle de San Andrés. Durante el primer tercio del siglo la ciudad estuvo regida alternativa­mente por los conservadores, a cuya cabeza figuraba Enrique Ochoa, y por los carlistas, dirigidos por Joa­quín Llorens. El sector nacionalista vasco tuvo su origen en torno a las familias Aranzadi, Irujo, 0llo y Zu­beldía; sin embargo hasta la II Re­pública no alcanzó representación en el Ayuntamiento.

El 14 de junio de 1931 se celebró en Estella la asamblea de ayuntamientos vascos, que aprobó, con 427 votos favorables, el proyecto de Estatuto de Autonomía, llamado a partir de esta fecha Estatuto de Estella.

En 1936, desde los primeros mo­mentos de la sublevación contra el gobierno republicano, numerosos voluntarios carlistas estelleses se unieron a las tropas de la guarni­ción, mandadas por el teniente coro­nel Cayuela, y se dirigieron al frente de Guipúzcoa, en tanto que otras partidas llegaron a la Ribera para reprimir a los núcleos republicanos. Unas cincuenta personas fueron eje­cutadas en los primeros meses de la guerra, entre ellas Fortunato Agui­rre, alcalde de la ciudad en julio de 1936, nacionalista vasco, fusilado el 29 de setiembre de ese mismo año. Durante la contienda, Estella, aleja­da del frente, recibía a los heridos en los cuatro hospitales de sangre que mantenía abiertos.

Tras la muerte de Franco, durante los actos carlistas del 19 de mayo de 1976, los seguidores de Don Sixto, adscritos a la corriente más reaccio­naria del carlismo atacaron a los partidarios de Carlos Hugo, propi­ciador de una corriente más progre­sista, socialista y autogestionaria, produciendo dos muertos, Ricardo García Pellejero y Aniano Giménez Santos. Con estos hechos el partido carlista vio agravado el proceso ini­ciado años antes hacia su desintegra­ción.

Dada la importancia que tuvo Estella en la Edad Media había gran cantidad de hospitales, que sirvieron tanto para el alojamiento de los pere­grinos como para el cuidado de los enfermos. Varios de ellos son des­tacables, el Hospital de Ordoiz estaba cerca de Estella, en 1374, por dona­ción del Rey D. Carlos, pasó con to­das sus rentas a ser tutelado por el Prior y Cabildo de la Catedral de Santa María de Pamplona. El Hospital de San Pedro ya existía en 1280, del de San Miguel consta su existencia en 1389, en este Hospital se guardaba el pan del Rey. También se tiene cons­tancia del Hospital de San Juan de la Caridad en 1428 y del Hospital Gene­ral de Estella, este se construyó debi­do a los numerosos hospitales exis­tentes en aquella época, todos ellos con condiciones higiénicas y econó­micas muy dispares, pensando en la conveniencia de reunir en un solo Hospital todos los enfermos que esta­ban diseminados por otros más pe­queños. Así, por Cédula Real, Carlos I de España comisionó en 1524 al Re­gente del Consejo y Cancillería de Navarra, Fortunio García de Ercilla, para que iniciase su edificación. Esta fue costeada con las limosnas de los lugareños, así como con los bienes y rentas recolectadas en los otros hospitales. El Hospital se trasladó en el año 1624 al lugar llamado de la Mota. En 1789 se estableció una Junta para el mejor gobierno del Hospital. Con posterioridad el Hospital pasó al cui­dado de las Religiosas Hijas de Santa Ana.

Un cometido diferente al del Hos­pital tenía la Casa-Misericordia, cons­tituida en octubre de 1795 y el Asilo de San Jerónimo. Este último había sido constituido el 15 de Julio de 1904 por voluntad testamentaria.

CASTILLO. Dominando la población, en la peña llamada todavía la Cruz de los Castillos, existió hasta el siglo XVI una importante fortaleza, que en épo­ca medieval constituyó uno de los principales enclaves defensivos del Reino. Tenía tres fuertes (Zaratam­bor, Bermechet y Atalaya) que cons­tituían prácticamente fortalezas aisla­das, que contaban incluso con alcai­des distintos. La de Belmecher o Ber­mechet debió de ser construida o ree­dificada por el gobernador Eustaquio de Beaumarché, de quien tomó el nombre, hacia 1276. El castillo mayor dataría posiblemente de finales del si­glo XI y habría sido fortalecido tras la repoblación de Sancho el Sabio.

En 1234, reinando Teobaldo I, era alcaide Robert de Sezanne, al que siguió Odón de Bazot. Más tarde, en 1274, murió despeñado al caer de lo alto de la torre, el infante Teobaldo, hijo del rey Enrique de Champaña. Era alcaide por entonces don Juan Sánchez de Monteagudo, que en 1276 prestó homenaje como tal a la reina doña Juana. La capilla del castillo, dedicada a San Salvador, se estaba construyendo en 1280. En los prime­ros años del siglo XIV se hicieron distintas obras, por entonces era al­caide de Belmecher Filipot de Coy­nón, con 10 libras y 50 cahíces de retenencia, y de Zalatambor Drouet de Sant Pol, que percibía únicamente 60 sueldos en dinero y 15 cahíces de trigo.

El año 1328 se rehizo el muro infe­rior, veinte años después se trabajaba en el castillo mayor, asegurando la peña que sostenía la torre principal, y también la de Zalatambor, dirigiendo las obras el mazonero Pero Andreo. Carlos II nombró en 1351 alcaide de Belmecher a Mateo le Soterel, man­dándole repararlo en todo lo necesa­rio, y del de Zalatambor a Roy Martí­nez de Artaza. En 1369 era merino y alcaide Remiro de Arellano, que cuatro años después gastó más de 650 libras de reparaciones mandadas hacer por la reina en el castillo mayor y en Belmecher. Este mismo caballero hubo de mantener el castillo en rehenes, por el rey de Castilla, como garantía tras la guerra de 1378. Percibía en 1383 una asignación de 100 libras, 100 cahíces de trigo y 200 de cebada. El año siguiente, Carlos II mandó a Judas Leví examinar las cámaras y edificios, que estaban para caer, y or­denar su reparación. En 1396 se hicie­ron obras en varios lugares del recin­to, que administraban Pedro Ochoa y Martín de Santa Cruz. Ese año se alojaba en el castillo el patriarca de Alejandría. Siendo alcaide de Belme­cher el notario Pere de Urbiola, en 1400, el maestro de obras Juan de Calatayud trabajaba para habilitar allí un nuevo alojamiento para las infantas. Más tarde, en 1407, siendo merino y alcaide Gonzalo Ramírez de Baquedano, se celebraron cortes en el castillo, alojándose en él el rey.

La parte que servía de residencia real se reparó nuevamente en 1412, gastando más de 500 libras, mientras el mazonero Juan de Almarza traba­jaba en la puerta del castillo. En 1425 se arreglaban los terrados, así como la prisión. Con ocasión de la guerra con Castilla en 1429, siendo alcaide Juan de Echauz, se empren­dieron obras urgentes, requiriendo a los vecinos. La guarnición era de 6 hombres de armas y 25 ballesteros. El año siguiente seguían los traba­jos, a cargo del mazonero Martín Pérez de Estella. Lope Sanz de Mo­rentin defendió por entonces el cas­tillo de Belmecher únicamente con 6 hombres. En 1432 se rehizo en buena parte el de Zalatambor y dos años después se recubría el castillo mayor. Las obras seguían en 1441, en 1452 se habían gastado más de 100 libras en los muros y almenas, en Belmecher y en limpiar los algibes.

Con ocasión del ataque castellano de 1460, Juan Ramírez de Baqueda­no, señor del palacio de Ecala, reco­bró para Navarra el castillo, ocupa­do por los invasores. Juan II le pre­mió con las quintas de Encía y An­día. En 1462, el rey dio el castillo de Belmecher a don Nicolás de Echa­varri, que lo permutó con el vicecan­ciller Juan de Gúrpide, quien lo for­tificó y defendió en 1463 contra un ataque de Enrique IV.

Francisco Febo, en 1482, hizo mer­ced del molino de la Tintura al alcai­de Lope de Baquedano, por sus tra­bajos y gastos defendiendo el castillo. En 1491 el lugarteniente de los reyes hizo cierto convenio con él, asignán­dole varias mercedes y rentas en Francia, a cambio de la entrega del castillo mayor y de la fortaleza de Zalatambor. Entre 1499 y 1511 apare­ce como alcaide el señor de Sala. En 1512, la guarnición del castillo prota­gonizó una tenaz resistencia frente a las gentes castellanas y beaumontesas que fueron a rendirlo.

Tras la conquista de Navarra por Fernando el Católico, el primer al­caide castellano fue el coronel Cris­tóbal de Villalba, que siguió disfrutando de las tierras anejas al castillo y percibiendo derechos de castillaje sobre los pastos de Andía, Encía y Urbasa. Por entonces constituían la guarnición 50 soldados de infante­ría. En 1537, Carlos V nombró alcai­de a don Iñigo de Guevara, por re­nuncia de su padre don Pedro Vélez de Guevara. En 1572, por orden de Felipe II, siendo virrey Vespasiano Gonzaga, fue totalmente demolida la fortaleza con los distintos bastio­nes que la integraban. Las piedras y cascotes, al caer, causaron grandes destrozos en el claustro y capillas de la iglesia de San Pedro la Rúa, valo­rados en 1000 ducados. 

La Parroquia de San Pedro de la Rúa, cuyos orígenes pueden remontarse a la fundación de la ciudad en 1090, aunque en la documentación no se le cite hasta 1174, es la principal de las parro­quias de la ciudad y como tal ostenta el título de Iglesia mayor desde 1256. Sancho Ramírez la donó junto con las iglesias estellesas del Santo Sepulcro, San Miguel y San Nicolás al monasterio de San Juan de la Peña, lo que fue causa de tensiones entre el obispo de Pamplona y el citado monasterio.

El edificio actual emplazado so­bre la Rúa en un alto rocoso con función defensiva, se empezó a le­vantar en el último cuarto del siglo XII, continuándose la obra a co­mienzos del siglo XIII. La cabecera, la parte más temprana de la cons­trucción, pertenece a un románico tardío, mientras que el cuerpo de naves señala el predominio del estilo cisterciense, llegado aquí sin duda del próximo monasterio de Irache que se estaba construyendo por los mismos años. Su planta es irregular debido a su difícil emplazamiento y está formada por triple cabecera ro­mánica de tres naves, las laterales de distinta altura, divididas en tres tramos. Lo más suntuoso del interior es el ábside mayor, de gran altura, al que se accede por un doble arco to­ral apuntado. Aquél se divide en dos alturas por una imposta de tacos, de las cuales la inferior presenta tres absidiolos y la superior otras tantas ventanas entre columnitas con capi­teles de volutas y piñas y arquivoltas de dientes de sierra. Finalmente se cubre con un cascarón rasgado por tres medios puntos. Los ábsides la­terales, menos altos, culminan con bóvedas de horno y son recogidos v oscuros. Las naves las forman arcos apuntados dobles que apoyan sobre cuatro soportes cilíndricos muy mo­dificados en gótico, a excepción del que se halla junto al coro en el lado del Evangelio, que conserva las me­dias columnas adosadas del pilar languedociano.

La iglesia sufrió una remodela­ción en el siglo XIV que afectó a las bóvedas de las naves laterales, con tramos de crucería, así como a la decoración de capiteles y ménsulas. También se abrieron ventanales de tracería gótica, entre los que destaca el que se halla a los pies de la nave del Evangelio, iluminando esta zona tan oscura. Las bóvedas de la nave central son de medio cañón con lu­netos y se construyeron a comienzos del siglo XVII, ya que las medieva­les amenazaban ruina tras el derribo del castillo en 1572, cuyas piedras cayeron sobre el claustro y afectaron las cubiertas de la iglesia. En 1600 una comisión de maestros de obras, después de efectuar un reconoci­miento, decidió construir la bóveda de lunetos citada, pero rebajando la altura de la nave. De la empresa se encargó Francisco del Ponton. Para entonces se había construido un ti­rante en forma de arco rebajado co­mo refuerzo entre los dos primeros pilares próximos a la capilla mayor. Un coro medieval se alza a los pies de la nave central.

La capilla de San Andrés, patrón de la ciudad de Estella, se abrió en la nave del Evangelio en 1.596 con las limosnas dadas para tal efecto por el obispo de Pamplona don An­tonio Manrique y el propio Felipe II. Asentada sobre estructuras anti­guas, consta de una planta cuadrada cubierta por una cúpula sobre pechi­nas culminada por una linterna, to­do ello decorado profusamente con yeserías. La construcción fue lleva­da a cabo por Juan de Bulano, pero en 1699 Miguel de Iturmendi rehizo la cúpula, y Vecente López Frías se encargó de la ornamentación. A la capilla se accede por un arco de me­dio punto con intradós casetonado que cierra una cancela.

Los exteriores de la iglesia se carac­terizan por la torre y la portada, ele­mentos determinantes del perfil de la ciudad. La torre, de estructura pris­mática, presta a la iglesia aspecto de fortaleza y acusa en los cambios de sillar las diversas épocas de su cons­trucción. La zona media parece res­ponder a la reforma del siglo XIV, época en que se fortificaron las parroq­uias de Estella, añadiéndole un paso de ronda en tanto que el cuerpo de campanas de ladrillo es barroco. To­davía en 1628 se tasaban tres taludes realizados en la torre por los Goros­pe, maestros de obras. La portada localizada en el lado del Evangelio corresponde a fines del siglo XII. Por su composición se relaciona con las portadas de San Román de Cirauqui y de Santiago de Puente la Reina, aunque es más avanzada tanto por el apuntamiento de sus arcos como por la decoración utilizada en la arquitec­tura cisterciense. Es abocinada y pre­senta ocho arquivoltas que descansan en columnas acodilladas, cuyas bases con decoración floral de cuatro péta­los apoyan en pedestales de conside­rable altura que se adaptan a las gra­das de acceso. En los capiteles se re­producen motivos vegetales en forma de palmetas esquematizadas y pencas cistercienses que incorporan piñas o bolas en sus extremos. El arco de ingreso es apuntado y angrelado con diez lóbulos de ornamentación de entrelazos, por ello de influencia islámica, y asienta sobre pilares reforzados por cuatro medias columnas adosa­das, cuyos capiteles corridos representan parejas de grifos, un centauro disparando la flecha a una sirena, y arpías emparejadas. Muy rica es la decoración que muestran las arqui­voltas, de carácter geométrico y vege­tal, sucediéndose a partir de la puerta y hacia el exterior roleos, rosetas, retícula, palmetas, puntas de diamante, roleos trilobulados seguidos de roleos más pequeños y cubriendo el conjun­to una imposta taqueada. En las cla­ves aparece el Crismón, una estrella, el Agnus Dei, una figura humana sa­liendo de las aguas entre estrellas y la mano de Cristo bendiciendo.

La parroquia tiene un claustro ro­mánico del que únicamente quedan en pie las crujías norte y oeste, pues las otras dos, según se ha mencionado antes, se destruyeron en 1572 cuando la demolición del castillo. Lo conser­vado compone un conjunto escultórico importante de estilo románico tar­dío, con la complejidad y riqueza pro­pia de esta fase final. Se estructura a base de arcos de medio punto, nueve por panda, sobre columnas dobles que en las esquinas se agrupan en ocho o forman con el pilar una L. Por excepción, un grupo de cuatro colum­nas situadas en el centro de una crujía se inclinan y retuercen sobre sí mis­mas con flexibilidad, al igual que en Burgo de Osma y Santo Domingo de Silos. La escultura que enriquece las basas de las columnas y otros lugares se concentra en los capiteles. Los de la crujía occidental tienen motivos vegetales como pencas o palmetas com­binados unas veces con cuadrúpedos que se enfrentan en las esquinas y otras con arpías y águilas con las ca­bezas vueltas y colas

Están realizados con una gran perfec­ción técnica en la que se aprecia el uso del trépano. Esta serie de capite­les se adscribe a un artista relaciona­do con el segundo maestro de Silos. Por el contrario, los capiteles del ala norte representan escenas de la vida de San Pedro, San Andrés, San Lo­renzo y de la vida de Cristo. Varias figuras de canon alargado componen las escenas enmarcadas por arquitec­turas. En este grupo de capiteles se advierten dos manos, si bien de estilo próximo entre ellas, en relación con el románico de la Calzada.

Además del exorno propio de la pa­rroquia se conservan en su interior diversas obras procedentes de otras iglesias y conventos desaparecidos de Estella. Destacan entre ellas las tallas románicas de la Virgen de Be­lén y, un Crucificado, fechables en el siglo XIII, ambas procedentes de la iglesia del Santo Sepulcro y situadas en la cabecera. Góticas del siglo XIV son las tallas de Santa María Jus del Castillo, titular de su iglesia y un Crucifijo de tamaño natural perteneciente al mismo templo. También góticas y de la misma cen­turia son las tallas de la Virgen del Rosario, que preside un retablo ba­rroco trasladado del convento de Santo Domingo, y de San Nicolás, en pie y revestido de pontifical, ima­gen venerada en la iglesia desapare­cida de esa advocación. Preside el templo un San Pedro en cátedra, de estilo barroco, que lleva la fecha de 1.687 y que sustituyó a la imagen titular primitiva de estilo románico y realizada en piedra que se encuentra en el claustro.

Especial relevancia tiene la capilla de San Andrés, patrón de Estella. La preside un retablo rococó de la segunda mitad del siglo XVIII, en cuyo centro se halla un templete abierto. Los muros laterales de la capilla se decoran por grandes lien­zos barrocos de formato horizontal, con sus correspondientes marcos a juego, que representan diversas es­cenas de la vida de San Andrés. En la propia iglesia se guardan varios lienzos más, entre los que cabe men­cionar uno de la Virgen de Guadalu­pe y otro de Nuestra Señora de los Remedios firmados por Juan Co­rrea, pintor mejicano de la segunda mitad del siglo XVII.

Un conjunto de importantes piezas de orfebrería forman el ajuar de esta parroquia. Destacan entre ellas tres relicarios de brazo góticos del siglo XIV y un hermoso cáliz bajorrena­centista. Entre las piezas robadas fi­guraban el relicario de San Andrés y un báculo de Limoges en cobre dora­do con esmaltes datable en el siglo XIII, regalo del obispo de Patrás.

Parroquia de San Miguel. Está en­clavada en un alto, fuera del núcleo de la primitiva Lizarra, en la zona de expansión de Sancho el Sabio; esta parroquia comparte antigüedad y honores con la de San Pedro dela Rúa. El año 1145 es la fecha más antigua referida a la fábrica primitiva, que fue remodelada posteriormente. La iglesia, perteneciente a un románico tardío datable en el último cuarto del siglo XII, tiene una cabecera con triple ábside semicircular. Bajo el central se ha descubierto recientemente una cripta construida para salvar el desnivel del terreno. Sigue a continuación un cuerpo de tres naves de cuatro tramos cuadrados, los seis pilares que sustentan la cubierta, así como sus responsiones en los muros, son de tipo languedociano y sus capiteles están decorados con flora cisterciense. Sobre ellos apoyan los formeros, que son apuntados y de sección prismática. El templo tiene crucero de brazos desiguales. Las cubiertas primitivas se conservan en la cabecera y consisten en bóvedas de horno, precedidas en el caso del central de un tramo de cañón apuntado. Los brazos del crucero y las naves laterales están cubiertas por crucería sim¬ple en tanto que la nave mayor recibe bóvedas estrelladas de diverso diseño, probablemente realizadas por Juan de Aguirre en 1.537.
En el siglo XIV la iglesia se fortificó, añadiéndole un camino de ronda por encima de las naves laterales que se abre a la nave mayor a modo de tribunas. También en esta centuria se retocaron en parte las cubiertas de la nave de la Epístola.
La portada principal, situada en el lado Norte, es uno de los conjuntos más ricos del Románico español en su fase tardía, en el que se despliega un complicado programa iconográfico. Su disposición actual se debe a un rearme moderno que ha trastocado el orden primitivo. Se compone de cinco arquivoltas de medio punto más un guardalluvias exterior que descansa en una importa decorativa que corre a su vez sobre los capiteles a modo de cimacio. Sus columnas, con sus correspondientes basas decorativas, franquean el arco de ingreso. En sus capiteles se representan escenas relacionadas con el nacimiento de Cristo. Los capiteles extremos, a base de entrelazos con figuras clavando lanzas en arpías, responden a un concepto escultórico diferente, más claroscurista y de escala menuda. Las arquivoltas, algo descentradas, se hallan totalmente esculpidas y en ellas se suceden desde el interior hacia fuera; ángeles turiferarios presididos por el símbolo de Dios Padre, ancianos apocalípticos tañendo instrumentos músicos, profetas, escenas de la vida pública de Jesús y vidas de santos -San Martín, San Lorenzo, San Pedro y San Esteban- con el crismón en su centro.
El tímpano está presidido por el Pantocrátor en el interior de una mandorla cuadrilobulada, con una inscripción que hace alusión a la doble naturaleza de Cristo, contraatacando en la difusión de la herejía albigense. Rodean la mandorla el Tetramorfos y en los extremos aparecen en pie María y San Juan. La escultura desborda los límites de la portada para cubrir las jambas, donde se representa a la izquierda a San Miguel alanceando al dragón junto a otro ángel y la Psicostasis o peso de las almas por el arcángel frente a un demonio. A un nivel inferior se reproduce el seno de Abraham y el anuncio del castigo a los condenados. A la derecha aparece la escena de las tres Marías en el sepulcro ante dos ángeles con sonrisa pregótica. La parte superior, ocupada por arcos apuntados, acumula diversas esculturas tales como estatuas columna, figuras sedentes y otras varias en evidente desorden, quedando oculta la parte superior por la cubierta del pórtico. Estilísticamente, en la escultura de la portada se muestra el barroquismo de los plegados, de gran complejidad lineal, propio del protogótico, unido a los, rostros ova¬lados y sonrientes anunciadores de nuevos tiempos. La calidad técnica de este maestro anónimo es excelente, descubriéndose otra mano distinta, de maneras más rudas, en la parte superior de la portada. Mucho más sencilla es la de la Epístola, que consiste en una sencilla estructura rectangular coronada por canes lobulados, tiene inscrita una portada abocinada de cinco arquivoltas que apoyan en una importa lisa y corrida. Sustentan ésta tres columnas a cada lado, con capiteles de hojas y pencas separados por cabezas. Hay cuatro sepulcros góticos de tipo arcosolio en el crucero que llevan adosados escudos. Uno de ellos pertenece a un caballero de la Orden de Malta, otro a los marqueses de Feria al que sigue el de los Eguía con inscripción y fecha de 1520. A este último corresponde una tabla pintada de estilo hispanoflamenco con la Misa de San Gregorio, celebrada ante los donantes y sus cinco hijos.
La parroquia guardó en su interior retablos, imágenes y pinturas de interés. Así el retablo mayor es barroco, realizado por José Velaz, de Lerín para 1737, aunque fue reformado con posterioridad por José Pérez de Eulate y Manuel de Moraza. Se adapta a la forma del ábside gracias a su planta en artesa rematada por un cascarón. Lo más apreciable del retablo es la imagen de San Miguel, que ocupa el óvalo central, cuya alargada figura y la geometría de su rostro, propias del Gótico, hacen identificarla como resto del primitivo retablo que hizo hacia 1502 el entallador maestre Terín. Pieza singular es el retablo de Santa Elena, con tablas pintadas en estilo gótico internacional adscritas al círculo del pintor aragonés Juan de Levi, y más concretamente a Pedro Ruberto. Representan la Pasión de Cristo en el banco y escenas de la leyenda de la Santa Cruz y Santa Elena, realizadas con sinuoso linealismo y exquisito color. Una inscripción facilita el nombre del comitente y la fecha de 1416. También es interesante el reta¬blo de San Crispín y San Crispinino, de la cofradía de los zapateros, que fue realizado por los Imberto en 1602 en estilo romanista. Además deben mencionarse el retablo del Corazón de María, de estilo barroco, que parece obra de taller de Juan Ángel Nagusia, aunque incorpora las imágenes gótico-flamencas de San Cosme y San Damián, en relación con maestre Terín, a las que se añaden otras más de la sacristía. Se conserva también en este templo una sillería rococó realizada con anterioridad a 1768 por Jerónimo de Nagusia.
Respecto a la orfebrería de la parroquia, formada por destacadas piezas, pueden mencionarse un cáliz gó¬tico con un escudo relacionable con las armas de los Eguía, una cruz patriarcal de altar gótica del siglo XIV, otra cruz procesional plateresca de brazos florenzados, y finalmente una obra bajorrenacentista realizada por el platero Juan de Salazar en 1597, de estructura similar a la cruz de Lacar. Pieza excepcional es el relicario de los Santos Inocentes, gótico del siglo XIV, que se compone de base, ástil y nudo poligonales, sobre el que monta el relicario en forma de cabeza cuyo rostro muestra los característicos rasgos góticos. Al mismo siglo XIV pertenece el relicario de brazo de San Marcial y al XVI el relicario de San Blas.
La capilla de San Jorge se halla frente a la cabecera, con la que está unida por un arco apuntado. Su planta de forma trapezoidal tiene abiertas hornacinas en tres de sus muros. Son apuntadas con escudos en sus claves y descansan en columnas con capiteles vegetales. Una bóveda de crucería, en cuya clave figura la Anunciación, sirve de cubierta a esta capilla gótica del siglo XIV. La preside una escultura de San Jorge venciendo al dragón, de gran tamaño y estilo hispanoflamenco, que parece relacionarse con el escultor Terín, activo en torno a 1500. En este lugar se hallan recogidas una serie de tallas de distintos estilos y cronologías.

La parroquia de San Juan, emplazada en el Burgo Real o de San Juan, ocupa uno de los lados de la Plaza de los Fueros. Se construyó a fines del siglo XII sobre un solar conocido como el Parral, propiedad de Sancho el Sabio, monarca que en 1187 donó la parroquia a don Sancho de Yániz, abad del monasterio de Irache. De esta iglesia primitiva, levantada bajo el influjo de la arquitectura cisterciense, restan además de su planta de tres naves y su concepción espacial, algunos soportes del lado del Evangelio. Una reforma del siglo XIV afectó a los pilares de la nave opuesta, que son góticos. Finalmente la cabecera, de forma poligonal, pertenece ya al siglo XVI al igual que la sacristía y la pequeña capilla de la nave de la Epístola, obras todas ellas realizadas por el cantero Domingo de Azpeitia alrededor de 1526. Poco después, hacia 1537, se construyó un coro con su escalera de caracol y una portada renacentista a los pies, que queda hoy oculta tras la fachada neoclásica. Con todo, el aspecto que actual¬mente ofrece la iglesia se debe a la remodelación neoclásica que proyectó el arquitecto Anselmo de Vicuña, que ocultó los pilares medievales en el interior de gruesos cilindros en los que quedan algunos restos de su origen. Monta sobre los pilares cilíndricos un orden de pilastras jónicas, ornadas con guirnaldas, que soportan una cornisa de tacos que corren a lo largo del perímetro de la iglesia, a excepción de la cabecera. La nave está cubierta por una bóveda de cañón con lunetos entre fajones acasetonados, mientras que los laterales conservan algunos tramos de crucería simple del siglo XIV con claves decoraras. Finalmente, la fachada neoclásica que se levanta a los pies de la iglesia fue edificada por Vicuña. Se compone de un gran paramento rectangular coronado por frontón y flanqueado por dos torres construidas por Ansoleaga ya en nuestro siglo, aunque respeteando el proyecto de Vicuña. Además de la portada principal, el templo cuenta con dos portadas medievales abiertas, una frente a otra, en las naves laterales; la del lado del Evangelio es románica y se adorna con palmetas y ajedrezado, en tanto que la opuesta es gótica con capiteles de hojarasca y puede fecharse en el siglo XIV. La parroquia cuenta con una espaciosa sacristía de planta cuadrada, cubierta por cúpula sobre pechinas, que tiene acceso desde el crucero del lado del Evangelio. A partir de 1590 cobraban pagos por su edificación los canteros Domingo de Larrañaga y Domingo Sarobe. La sacristía primitiva de comienzos del siglo XVI debió resultar insuficiente por sus reducidas dimensiones, y en la actualidad funciona como antesacristía.
La parroquia guarda en su interior un conjunto de retablos, esculturas, pinturas y orfebrería de considerable valor. Sobresale entre ellas el retablo mayor dedicado a los Santos Juanes, pieza significativa del Renacimiento navarro. Fue contratado en 1563 por el entallador francés Pierres Picart con la condición de que la escultura fuera de Fray Juan de Beauves, el imaginero que formaba parte de su taller. En su terminación intervino Juan I Imberto, fundador del taller familiar que desarrollará su trabajo en Estella durante el Romanismo. La traza del retablo muestra ya la superación del plateresco en el retroceso del ornato y en la sustitución de motivos de «caballos, bestiones y grutescos» por otros de «ángeles, serafines y niños con alas y cabecillas y hojas y frutos naturales» propios del Manierismo. En la arquitectura se alberga un importante conjunto escultórico que gira en torno a los santos Juanes, cuyos bultos, así como el Bautismo de Cristo, ocupan la calle central. En torno a ella se distribuyen escenas de la Pasión de Cristo, entre las que sobresale el Santo Entierro, la Quinta Angustia de estirpe juniana, y los martirios de los titulares junto a apóstoles, santos y santas, culminado todo ello por el Calvario. Los estudios anatómicos, potenciando la musculatura de los cuerpos, y el apuramiento de la talla hacen de la escultura de este retablo un conjunto de excelente calidad, cuya estilística combina el expresivismo con la influencia miguelangelesca.
Además del retablo mayor se conservan en esta parroquia los retablos barrocos de Santiago y de Santo Tomás, realizados por Lucas de Mena en los primeros años del siglo XVIII. Los altares de la Virgen de las Antorchas y de San José son de estilo rococó, debidos ambos a Miguel de Garnica y realizados en 1765, pero sus patronos son anteriores. La Virgen de las Antorchas es una copia de la escultura medieval, que fue robada hace algunos años, en tanto que San José responde al estilo romanista y puede adscribirse al escultor Bernabé Imberto. Finalmente, el retablo de San Francisco Javier es de estilo neoclásico. Imagen relevante de esta iglesia es un Crucificado gótico de tamaño mayor que el natural que puede datarse en el siglo XIV.
Componen el ajuar de esta parroquia algunas señaladas piezas de orfebrería, entre ellas dos cálices de estilo plateresco y cuatro de estilo purista, además de un ostensorio de plata sobredorada con esmaltes que en 1698 regaló un vecino de Lima -Don José de Cartagena y Ripa- al santuario del Puy, de donde pasó a esta parroquia.

Iglesia de Santa María Jus del Castillo. Próxima al convento de Santo Domingo, se alza sobre un alto en la ladera del Castillo, sobre el lugar donde estuvo emplazada la sinagoga judía, que fue cedido en 1145 por García el Restaurador a la catedral de Pamplona. Consta de una sola nave rectangular de tres tramos cubierta por bóvedas de crucería con claves decoradas y un ábside semicircular en bóveda de horno. La cubierta descansa sobre pilastras, en cuyos capiteles figuran volutas y bolas corriendo una doble imposta la, superior lisa, la inferior con bolas, a lo largo del perímetro de la iglesia. La cabecera es de estilo románico y así lo atestiguan los cauces del exterior, con un repertorio variado de motivos, en tanto que la nave se adscribe a la arquitectura del Císter, todo lo cual se corresponde con una fecha de fines del siglo XII, coincidiendo con la construcción de las restantes iglesias estellesas. La fachada es barroca y fue añadida en la segunda mitad del siglo XVIII. En su capilla mayor hay un baldaquino barroco, y próximo a él un retablo dedicado a Santa Lucía de estilo renacentista que conserva la policromía primitiva.

Parroquia del Santo Sepulcro. Alinea su fachada con la calle de Curtidores. Su complicada fábrica es el resultado de sucesivas obras. La primitiva iglesia fue planteada con una triple cabecera seguida por tres naves de estilo cisterciense, al igual que las parroquias antiguas de Estella. De esta iglesia se conserva un ábside semicircular con su nave, que funciona como iglesia independiente, y varios pilares de estructura languedociana, unos conservados en alzados y otros únicamente en sus arranques, que dan las dimensiones de su planta. La obra se continúa en gótico, en la primera mitad del siglo XIV, por el ábside mayor, al que se da forma pentagonal al igual que el de la Epístola, momento al que debe pertenecer también la gran fachada esculpida. Esta iglesia engloba en su interior otra construcción, quizá del siglo XII, formada por cuatro soportes cilíndricos sobre plintos cuadrados más dos pilares en el muro, sobre los que descansan tres arcos formeros ligeramente apuntados. Su estructura, hoy modificada en las cubiertas, recuerda a la de una sinagoga.
En el muro del Evangelio se dispone la fachada gótica de cuño francés, que se estaba construyendo en 1278, aunque el estilo de la escultura indica una fecha más avanzada, penetrando en el siglo siguiente. La puerta apuntada se abocina por doce arquivoltas que apoyan sobre sus correspondientes baquetones, en un juego geométrico interrumpido por la línea de capiteles corridos con hojarasca mezclada con animales y cabezas y por la vertical de las claves con ángeles portando símbolos pasionarios culminados por una talla de Cristo Resucitado. En el dintel se representa la Cena y en el tímpano se narra la escena de las Marías en el Sepulcro con un ángel, el Descenso al Limbo y el «Noli me tangere» en el registro inferior y un grupo con el Crucificado flanqueado por los dos ladrones, María y San Juan entre Longinos y Stefanos en el superior. Flanquean la parte alta de la puerta sus hornacinas a cada lado sobre friso de cuadrilóbulos que cobijan un apostolado. Dos esculturas de Santiago y de un Santo obispo están situadas a ambos lados de la puerta. Algunos arcos y restos del románico tardío se distribuyen también por la portada. El interior de la cabecera está ocupado por un retablo barroco. La talla del Crucificado románico de esta iglesia se halla hoy en San Pedro de la Rúa.

Iglesia de San Pedro de Lizarra, Se enclava en el núcleo más primitivo de Estella, aunque su fábrica ha sufrido transformaciones sustanciales desde el románico tardío hasta el Barroco. La primitiva iglesia de fines del siglo XII, perceptible hoy en los dos tramos inmediatos al presbiterio, se amplió en el siglo XIV con una cabecera poligonal cubierta por una bóveda gallonada. Al siglo XVII pertenecen los dos tramos restantes, que comprenden el coro alto así como las cubiertas de medio cañón con lunetos que cubren la nave, mal encajadas con los muros medievales. Estos presentan al exterior el sillar, en tanto que la obra barroca está realizada en ladrillo, incluyen¬do la torre formada por cinco cuerpos decrecientes, según la traza que dio en 1618 Francisco Palear Fratin.
Destaca entre su exorno artístico el retablo mayor, obra contratada por Juan II Imberto en 1581. La arquitectura del mismo es de gran sobriedad. La escultura representa es¬cenas de la Pasión de Cristo y de la vida de San Pedro que aparece sedente en «cátedra» en la caja central. Un repinte del siglo XVIII emborrona el efecto del retablo e impide apreciar la calidad originaria del mismo. El calvario, gótico del siglo XIV, perteneciente a esta iglesia se ha trasladado al convento de Concepcionistas de la misma ciudad.

Basílica de Nuestra Señora de Rocamador. Situada a las afueras de Estella, en el camino a Irache, formaba con el hospital anejo un lugar de acogida de los peregrinos a Compostela. Un ábside semicircular y el tramo que lo precede, cubiertos por una bóveda de horno y un medio cañón respectivamente, es lo único que resta de la iglesia románica, datable a fines del siglo XII o comienzos del XIII. Esta cabecera se amplió en el barroco con un crucero cubierto por cúpula y una nave con bóveda de lunetos. Las naves laterales son producto de una ampliación moderna. La fachada, que sigue esquemas conventuales, lleva grabada la fecha de 1691.
La Iglesia la preside la imagen de Nuestra Señora de Rocamador, de estilo románico, que viste una indumentaria complicada y un tocado con el velo anudado en la nuca al igual que Santa María la Real de Pamplona y de Irache. También hay una escultura de Santiago de estilo tardorromanista.

Basílica del Puy de Estella. Se emplaza en un alto sobre el barrio de Lizarra. Al igual que la advocación de Rocamador, la del Puy pare¬e haber llegado aquí por los peregrinos francos. La primitiva iglesia medieval fue sustituida por otra barroca, de la que resta la fachada, cuya disposición y el compás que la cierra responde a esquemas conventuales. La basílica actual fue proyectada sucesivamente en 1929 y 1949 por el arquitecto Víctor Eusa, quien llevó a cabo el segundo plan, de planta estrellada, que simbolizaba a la ciudad de Estella.
La estrella está articulada por un rombo de brazos iguales con capillas que funciona como nave y un vestíbulo de entrada. La cubierta de madera tiene forma estrellada, rematada con linterna exagonal dentro de un estilo neogótico. Preside el templo la imagen de la Virgen del Puy, patrona de la ciudad de Estella, chapeada en plata con rostro de sonrisa gótica. Puede datarse a principios del siglo XIV. Se conserva un arca de madera, expositor de la Virgen, de estilo gótico internacional de la primera mitad del siglo XIV. La Basílica conserva una colección de lien¬zos, tallas y orfebrería de diversas épocas y estilos.

Monasterio de Santo Domingo. Perteneciente a la Orden de Predicadores, fue fundado bajo la protección de Teobaldo II en 1258 durante el Capítulo General de la Orden celebrado en Tolouse. Las obras se hallaban ya muy avanzadas en 1265, y se levantaban sobre un solar donado por el obispo don Pedro Ximénez de Gazólaz a la Orden a solicitud del rey. A la magnanimidad real se debe la construcción de la iglesia, sacristía y algunas dependencias del claustro. Por su parte, Nuño González de Lara, nieto de Alfonso X de León, costeó las capillas de Santo Domingo y de la Magdalena, además del refectorio, bodegas, portería, etc. Finalmente Luis Hutin mandó construir unas murallas que separasen el monasterio de la judería próxima. Gozó también este convento del favor de reyes y Papas, y mantuvo su actividad hasta 1809, en que sufrió el asalto de las guerras napoleónicas, fue abandonado definitivamente en 1839.
La mole de la iglesia más las dependencias monásticas se levantan en un alto, sobre la ladera del castillo, dominando la ciudad de Estella. La nave de la iglesia, muy alargada, consta de nueve tramos a tres distintos niveles y cabecera recta. Ocho arcos fajones de sección pentagonal, que descansase en ménsulas aristadas, forman la estructura de la cubierta a modo de rastillar. Entre ellos se han construido paños abovedados para cerrar la cubierta, que estaba arruinada. En sus muros se alojan varios sepulcros góticos en forma de arcosolio, de los que han desaparecido las cubiertas.
Entre las dependencias abiertas al claustro y sufragadas por Teobaldo II, destaca la sala capitular, con arco de ingreso trilobulado y la estructura del dormitorio, muy similar a la de la iglesia. Las construcciones del lado occidental presentan dos niveles, aprovechando así el declive del terreno. La parte superior es el refectorio, costeado por don Nuño González de Lara, cuyo escudo campea en la puerta, y la inferior corresponde a las bodegas. La fachada de la iglesia está situada en ángulo recto con el muro del refectorio, que aparece reforzado por contrafuertes prismáticos, proporcionando al conjunto un carácter de fortaleza. La puerta es abocinada, con seis arquivoltas apuntadas sobre capiteles de hojarasca gótica de principios del siglo XIV que descansan sobre baquetones. Sobre ella se abre un gran círculo abocinado entre los escudos de Estella y Navarra.
Convento de Santa Clara y de San Benito. La ciudad cuenta además con dos conventos femeninos de origen medieval -Santa Clara y San Benito-, más otro barroco, el de Con¬cepcionistas Recoletas.

El conven¬o de Santa Clara existía ya a finales del siglo XIII. Restos de esta primitiva fábrica se pueden encontrar todavía en el claustro actual. Hoy en día el edificio conventual, emplazado en los Llanos, se corresponde con la fábrica barroca que concluyó para 1654 el maestro Juan de Larrañaga.
La iglesia tiene una planta de cruz latina de cuatro tramos, dos de los cuales corresponden a los coros alto y bajo. El tramo del crucero se cubre con una media naranja sobre pechinas, cuya clave lleva las armas reales y el resto con una bóveda de cañón con lunetos. El interior se halla cubierto por pinturas de estilo modernista de hacia 1905, pintadas por Juan Ros San Miguel, en las que figuran santos y santas de la orden franciscana. Las dependencias conventuales de los siglos XVII y XVIII se adosan al sur de la iglesia, organizándose en torno a un patio de forma rectangular reconstruido modernamente. Los exteriores de la iglesia y convento son de ladrillo y corresponden a la obra del siglo XVII, aunque una ventana aprovecha una forja románica del primitivo convento.
El retablo mayor que preside la iglesia es obra del arquitecto Juan Barón, quien cobraba por su trabajo en 1679. La policromía se debe a Juan Andrés de Armendáriz. Se compone de banco, dos cuerpos y ático articulados por columnas salomónicas con pámpanos y vides; grandes placas cactiformes y ristras de frutas ornan el retablo. Entre sus esculturas sobresalen la de Santa Clara, titular, y las de San Francisco y San Antonio que la flanquean, cuyo movimiento avanza hacia el Barroco, no así las de Santa Catalina y Santa Bárbara, que se muestran más arcaizantes. Los colaterales de la Santísima Trinidad y de San José son también barrocos de comienzos del siglo XVIII. Entre otras tallas de diversos estilos y cronología son dignos de mención un Crucificado de hacia 1500, de estilo hispanoflamenco, y un San Francisco de Asís del siglo XVIII de escuela cortesana.
Entre el ajuar que conserva este convento destaca un cáliz de plata sobredorada con filigrana en su color sobrepuesta de la primera mitad del siglo XVII y un copón del XVIII con punzón de Méjico, además de un terno blanco con bordado salteado de colores, obra de 1763 realizada por José Galba.

El Convento de San Benito el Real está también situado en los Llanos, frente al de Santa Clara, y al igual que éste, su origen es medieval, ya que Teobaldo II dejó en su testamento (1270) una manda para este convento estellés. No obstante, la edificación que hoy existe se hizo a partir de 1616 a instancias del Obispo de Pamplona, Fray Prudencio de Sandoval, quien costeó la construcción que, siguiendo las trazas de Francisco Fratín, realizó Juan de Arana. El convento está abandonado desde 1971 y su estado es ruinoso, aunque todavía quedan en pie el gran complejo que forma la iglesia y las dependencias conventuales.
El templo sigue el plan de iglesia conventual en forma de cruz latina, cubierta con bóveda de lunetos y cúpula central sobre el crucero, que se propagó en la primera mitad del siglo XVII. Articulan los alzados unas pilastras sobre las que apoya una cornisa moldurada. Adosado a la iglesia por el lado del evangelio se abre un patio cuadrado construido en ladrillo cuyos alzados son unos manieristas de la época de la iglesia y otros barrocos. En torno a él y a otro claustro adosado al lado de la epístola, también en ladrillo, se distribuyen las dependencias conventuales. Dos largas alas formando ángulo encajan una espaciosa huerta.
La comunidad benedictina, trasladada a un convento nuevo, guarda los escudos que ostentaban las fachadas, además del exorno artístico consistente en diversas tallas, lienzos y piezas de orfebrería. Entre éstas sobresale un grupo de estilo purista de comienzos del siglo XVI, coincidiendo con la protección que Fray Prudencio de Sandoval dispensaba a este convento, en el que se cuenta un templete de plata sobre columnas toscanas rematado por cúpula por pirámides. Es de estilo herreriano y presenta sobre el pedestal tres escudos sobre cartelas de cueros retorcidos: Navarra, otro con báculo y tres coronas que debe corresponder al obispo citado y finalmente un tercero con el año 1608. También del mismo estilo es una cruz procesional de plata, una jarra con punzón de Estella en caracteres góticos, un cáliz y el relicario de San Veremundo que lleva fecha de 1612. Se conserva asimismo el terno blanco de San Benito, obra del bordador zaragozano José Galba. La titular del convento, Santa María de Horta, es una talla de origen gótico aunque muy, transformada en el barroco. Un proceso semejante ha sufrido la imagen de Santa María de Salas.

Convento de Concepcionistas Recoletas. Fue fundado por una monja estellesa, la Madre María Paula de Jesús Aguirre, profesa del convento de Ágreda. En 1688 comenzaron las obras, que siguieron los planos dados por Santiago Raón, quien intervino además en la construcción con otros maestros como Miguel de Iturmendi y José Usabia¬a, concluyendo la fábrica en 1720 el corellano Juan Antonio Jiménez. La inauguración solemne tuvo lugar en 1731.
El modelo imitado aquí es el convento de Ágreda. La iglesia tiene planta de cruz latina cubierta por bóveda de lunetos Y cúpula en el crucero. Una fachada de sillar que sigue el modelo del convento de la Encarnación de Madrid, aunque con dos alas laterales, se alza a los pies de la iglesia. En la hornacina se cobija una escultura de la Inmaculada Concepción, franqueada por dos escudos de piedra pertenecientes a los patronos del convento, que se completan con otros dos escudos de la orden franciscana situados más arriba. Adosado al lado del Evangelio se encuentra el convento, cuyas dependencias se organizan en torno a un claustro cuadrado con alzados de ladrillo.
Los retablos colaterales de la Virgen del Pilar de San Antonio, obra de Lucas de Mena de hacia 1730, son barrocos, en tanto el mayor es neogótico, aunque sus imágenes son ba¬rrocas. En las dependencias se guarda una buena colección de tallas del Niño Jesús y San Juan de los siglos XVII y XVIII, así como una escultura de San Buenaventura dieciochesca que hace juego con el San Francisco de Asís del retablo mayor y con una Santa Clara de la clausura.
El convento conserva también una buena colección de orfebrería en la que destaca una jarra de pico y un cáliz, ambos de estilo purista, y un cáliz de base cuadrangular dieciochesco de origen mejicano.

Hospital de Santa María de Gracia. Fue fundado en 1524, corriendo el municipio con el encargo de regirlo. Su actual emplazamiento en la calle de la Imprenta data de 1624, Y de esta época es la construcción de la iglesia, cuya planta forma una amplia nave con crucero y cabecera recta. Está cubierta por una bóveda de medio cañón con lunetos, todo ello dentro del modelo típico de iglesia conventual. La fachada de tres cuerpos que da a la calle ostenta un escudo de Estella con la fecha de 1746 entre ángeles tenantes Y corona abierta por timbre. Preside la iglesia un retablo barroco del siglo XVII con un lienzo con Nuestra Señora de Gracia de estilo tenebrista.
Ermitas. De las ermitas pertenecientes a Estella se conservan las ruinas medievales de la de San Lorenzo y de San Andrés de Ordoiz, en tanto que la de Santa Bárbara es un edificio de tipo rural realizado en sillarejo y presidido por la Santa titular.

Urbanismo y arquitectura civil. Se conserva esencialmente el trazado urbano medieval de la ciudad, aunque se han transformado las fachadas y las construcciones modernas han degradado el conjunto.
Los montículos del terreno y el curso del propio río fueron la causa de cierta irregularidad del trazado urbano de Estella, en contraste con otras poblaciones de la época como Sangüesa o Puente la Reina. Entre sus calles destacan la Rúa Mayor, vía irregular que recorre el burgo de San Martín y la calle Mayor, más rectilínea que la anterior, que forma el espinazo de los demás burgos.
La Rúa atraviesa por uno de sus lados la plaza de San Martín, espacio de forma cuadrangular en cuyo centro se halla la fuente de la Mona, de estilo renacentista.

En esquina se emplaza el Palacio de los Rey,es de Navarra, que tiene el valor de ser el único edificio civil del Románico navarro. Está formado por dos cuerpos de iglesia separados por una imposta moldurada. La fachada de la Rúa está centrada por dos órdenes de columnas que no se ajustan a la distribución de los cuerpos, ya que son cortas las inferiores y mas esbeltas las superiores. El capitel izquierdo es historiado y representa el combate de Rolan y Farragut, firmado por su autor Martinus de Logronio, en tanto que el derecho tiene pencas avolutadas. Los capiteles superiores muestran por el mismo orden una decoración vegetal y el otro fábulas medievales como el asno tocando el arpa. En el cuerpo inferior se abren cuatro arcadas de medio punto sobre pilares prismáticos, en tanto que el superior está ocupado por cuatro ventanas de otros tantos arquillos sobre columnas con sus respectivos capiteles, transformadas en la restauración. Se remata con un tejaroz sobre canes figurados con distintos motivos. La fachada que da a la plaza de San Martín es más amplia y maciza y está centrada por torreones.

En la misma calle se emplaza el Ayuntamiento, inmueble del siglo XVIII con dos cuerpos y ático que ostenta tres escudos y más adelante el Palacio de San Cristóbal o Casa de Fray Diego de Estella, edificación renacentista relacionable con la empresa decorativa del claustro de Irache, del que parece contemporánea. La puerta descentrada, en sillar, es de arco rebajado adornado con grutescos, al igual que el álfiz y dos balcones abiertos en el paramento de ladrillo, culminados por los bustos de Hércules y Venus y cuyos frisos decorativos desarrollan algunos de los trabajos del héroe mítico. Se remata un alero de madera y ostenta las armas de la familia rodeadas por una láurea. En su interior se alberga un patio con columnas góticas y decoración renacentista.

Palacio del Gobernador. Situado también en la calle de la Rúa, es una construcción monumental con basamento de sillería y dos cuerpos de ladrillo con entrada adintelada y balcón, coronado por tres escudos con la fecha de 1613.
Son numerosas las viviendas de tipo popular con uno o dos huecos a la calle y cuyas fachadas aparecen en general muy transformadas. En la calle Mayor se emplaza la casa de los Ruiz de Alda, del siglo XVII, con tres cuerpos de sillería en fachada y escalera imperial del siglo XVIII cubierta por cúpula sobre pechinas. A esta última centuria pertenecen otras mansiones señoriales con escudos situadas en la calle Mayor, vía que desemboca en la Plaza de Santiago, amplio espacio abierto de planta triangular con soportales en sus lados mayores, formando un conjunto muy pintoresco.
La Plaza de los Fueros, verdadero centro vital de la ciudad, responde a la tipología de las plazas mayores porticadas, cerrando uno de sus lados la fachada de la parroquia de San Juan. Al otro de sus lados hay un palacio con pórtico de sillar, articulado por pilastras adosadas a los pilares, sobre el que montan dos cuerpos de ladrillo con balcones, rematándose con galería de arquillos. Una estructuración semejante repite otro palacio dieciochesco de la misma plaza, en esquina con la calle Calderería. Ambas fachadas osten¬tan sus respectivos escudos barro¬cos.

Publicaciones. El comienzo de laprensa periódica en Estella está fechado en 1866, cuando se editó «El Amante de la Infancia», la primera publicación navarra especializada en temas educativos. Salía cada diez días y consiguió vivir algo más de dos años. Su director fue Dionisio Ibarlucea, que era maestro en Estella. Un segundo intento periodístico lo constituyó «El Cuartel Real» (1873-1876), el periódico oficial durante la guerra carlista de esos años de la Corte de Carlos VII. Anunciado como bisemanal, no alcanzó, sin embargo, regularidad en las fechas de aparición. Los últimos números dejaron de editarse en Estella y se hicieron en Tolosa.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX es cuando la inquietud periodística empezó a hacerse notar en Estella. Resulta curioso observar que, dentro de la merindad, fue Lo¬dosa quien llevó la iniciativa, con la publicación de los periódicos «El Lodosano» (1884) y «El Pimiento Lodosano» (1885), ambos semanarios.
Luego se realizaron varios proyectos que no pasaron del primer número, como por ejemplo «Estella y su Merindad» (1894), «Navarra Ilustrada» (1894) y «La Merindad de Estella» (1900). Poco después aparecieron dos semanarios de noticias con algo más de éxito: «El Heraldo de Estella» (1902-1904) y «El Pueblo Estellés» (1902-1903). Hilario Olaza¬rán fue el impulsor tanto de «Estella y su Merindad» como del número único de la revista «Navarra Ilustrada», en la que colaboraron, con motivo de la «Gamazada» de 1894, los mejores escritores navarros del momento: Campión, Iturralde y Suit, Navarro Villoslada, etc. «La Merindad de Estella» era un periódico de tendencia conservadora y católica. De hecho, se puede encuadrar dentro del movimiento del periodismo confesional de entonces. En su único número, editado el 30 de noviembre de 1900 (festividad de San An¬drés, patrón de Estella), declaró nacer con el propósito de «batallar por la Iglesia y sólo por la Iglesia». «El Heraldo de Estella» tuvo una vida bastante agitada y cambió, en sus dos años de vida, varias veces de director. Estuvo complicado en una demanda judicial por publicar unos versos que el alcalde consideró injuriosos. Su tirada se situaba en unos 200 ejemplares. «El Pueblo Estellés», nacido también en 1902, fue de vida efímera, pues apenas llegó al medio año de existencia.
De este modo se fue preparando el terreno para la aparición del periódico con más fama y de mayor duración en la historia de la prensa estellesa: «La Merindad Estellesa». Nació el 2 de julio de 1916, con periodicidad semanal. Se publicó ininterrumpidamente durante veintiún años, con una tirada que oscilaba entre los 500 y los 1.000 ejemplares, y se declaraba independiente. Tuvo aún una segunda época con el relanzamiento que se efectuó del mismo título en 1981, pero no pudo llegar ni al año de existencia; cerró en mayo de 1982. Durante todos estos años anteriores a la segunda Re¬pública, aparte de los mencionados, existieron también otras publicaciones menores como el semanario «El Defensor Navarro» (1919), «Estella Festivo» (editado con motivo de las fiestas de la ciudad) y el «Boletín del Círculo Católico de Obreros de Estella» (1907), que salía todos los meses y se vendía gratuitamente. Por lo general, la periodicidad con que aparecían habitualmente estas publicaciones fue la semanal, considerada la más idónea para las necesidades informativas de la localidad.
También en el ámbito más específico de las publicaciones especializadas ha dado Estella muestras de interés, sobre todo a partir de los años sesenta. Así, en julio de 1963, nació «Ruta Jacobea», revista fundada por la Asociación de Amigos del Camino de Santiago, con el objeto de promover y difundir todo lo referente a las peregrinaciones (Estella es ciudad de paso obligado en el Camino). Su origen se debió a la celebración en 1963 de la 1ª Semana de Estudios Medievales, donde se aprovechó para lanzar la revista. Su difusión era mundial, si bien por la cercanía geográfica tenía especial presencia en el ámbito francés. De periodicidad mensual, apareció con regularidad hasta el número 23. Sufrió después algunos retrasos, por dificultades económicas y técnicas, y a partir del número 31 se hizo trimestral. En el primer trimestre de 1968 cerró definitivamente, siendo director don Jesús Arraiza. Su tirada se elevaba a unos 12.000 ejemplares. En 1973 la editorial estellesa Verbo Divino pasó a administrar la revista «Eukaristía», cuya sede social había estado desde su nacimiento en 1966 en Zaragoza. Es de carácter exclusivamente religioso y está dedicada en concreto a los sacerdotes misioneros. Se edita todos los domingos y días festivos. La difusión, que es mundial, se realiza sólo por suscripción, enviándose mensualmente todas las hojas del mes juntas.
Dos iniciativas literarias han tenido lugar también en Estella desde 1975: «Cloc» y «Elgacena». La primera, aparecida en 1979, estaba impresa en folios ciclostilados y realizada con pocos medios materiales. Se componía exclusivamente de poemas, con cierto tono desesperado y burlesco. No pasó del primer número, aunque sus fundadores pidieron colaboraciones para posibles nuevos ejemplares. «Elgacena» nació en junio de 1982 y no posee una periodicidad fija: intenta salir siempre que haya trabajos de calidad suficiente para completar un número. Los impulsores de esta iniciativa son el colectivo cultural Almudí y cuentan con el patrocinio del Ayuntamiento de Estella. Contiene textos escritos en castellano y en euskara.
En 1980 surgió la revista científico-médica «Hospital Comarcal. Revista médica de salud rural». De periodicidad semestral, está patrocinada por la Diputación Foral de Navarra y trata de informar, orientar, ilustrar y coordinar las actividades sanitarias y asistenciales de las comarcas rurales. Cada sección de la revista está dirigida por los médicos del Hospital encargados de las diferentes especialidades.